“Amor Líquido” – Preview – Segundo Capítulo

El techo del despacho estaba iluminado cuando Ernesto recuperó la consciencia. Pasó un rato mirando la tenue luz, unicamente respirando y meditando qué había pasado. Había sufrido un trauma muy extraño delante de la pantalla del ordenador, originado por un pensamiento. No comprendía nada; tampoco hizo ningún ruido alertado que indicara a su mujer que estaba sufriendo un ataque. Creía que iba a morir, pero por algún extraño motivo podía seguir disfrutando de la vida. Inmóvil, pensaba qué hubiera pasado si llega a morir. Ana le hubiese encontrado muerto en su silla, con la cabeza hacía atrás con la boca desencajada. Pero aquello no ocurrió, debía recuperarse del trauma. Comprobó que sus manos podían moverse y así se dirigió con la silla hacía el dormitorio y procuró dormir.

Ernesto despertó pronto, pero no fue capaz de conciliar el sueño con gusto. Durmió tenso, con el ceño fruncido y recto como una tabla. La espalda sufría del agarrotamiento y la cabeza le dolía de la tensión acumulada en el cuello. Quería pensar que aquello que vio era un sueño, una mera pesadilla, pero algo le indicaba que aquello, fuera lo que fuera, parecía muy real. Volvió a sentarse en su silla y se dirigió al baño; allí tenía el surtido de medicinas que le mantenían con vida. Tres pastillas rojas y dos comprimidos; todo aquello era para estar normal pero en caso de tener alguna complicación extra tenía que consultar con Ana. No podía decirle lo que había pasado la noche anterior, si descubre que ha estado escribiendo otra cosa que no fuera su próxima novela romántica podría recibir una reprimiendo… y aquello no era algo que quisiera.

Pensó que por un analgésico no le pasaría nada. Escogió el más flojo que tenía en el botiquín que tenía preparado Ana para cualquier situación; tenía un botiquín de primeros auxilios en varias salas de la casa. Analgésicos, antibióticos, las medicinas recomendadas por los médicos, pomadas contra el dolor de las quemaduras… Estaba preparado para resistir una visita al hospital. Ya hablaron de ponerle un botón para las emergencias pero prefería no tenerlo. La silla de ruedas ya era suficiente para recordarle su estado.

Se hizo un sandwich para desayunar con un café y se lo subió al despacho. Al estar parecía captar una extraña atmósfera, pero era solo en su imaginación. Ernesto creía en fantasmas pero supo que lo de ayer no era nada paranormal, si no un fallo en sus conexiones neuronales. Estaba convencido de ello, pero algo por dentro le decía que no era así del todo. Encendió el ordenador y entró en su juego online para ver si estaba Amaia. Solía conectarse por las mañanas y aquella vez la necesita más que nunca. Terminó el desayuno cuando un aviso en la esquina inferior le indicaba que su unica amiga se había conectado. No tardó en hablarle.

  • Hola guapa -dijo.-
  • ¿Qué tal guapetón? ¿Cómo te fue el día de ayer?
  • Bueno, no estuvo mal… Fue… Agitado.
  • ¿Oh, qué bien no? ¿Ana te llevó a algún sitio? Ya tenías ganas de hace tiempo.- movió dama D1 a H5 poniendo en jaque a Ernesto.-
  • No, no… Nos quedamos en casa y fue tranquilo.- Rey F7 a E6, librándose del jaque.-
  • ¿Entonces no fue tan agitado? A no ser que las camas gemelas se juntaran… Ya sabes.- Peón C2 a C4.-
  • ¿Cómo dices?
  • ¡Si hubo pasión ayer por la noche cariño! Hace tiempo me dijiste que buscabais tener una criatura. Yo la verdad es que paso de tener niños, no me gusta la idea de estar enlazada siempre a alguien.
  • Tuvimos sexo, sí, pero la verdad, no disfruté demasiado de ello. No creo que mi mujer me haya dejado de gustar, pero ayer no estaba muy pendiente… de eso.
  • Creo que a todos los tíos os pasa. ¡Por eso me gusta variar de género, para no cansarme!

Ernesto rio con aquel comentario jocoso. Algo que le encantaba de Amaia era que no se cortaba un pelo para hablar de su bisexualidad. Él no hablaba mucho de sexo, pero le gustaba saber como los demás vivían su libertad.

  • Eres un caso clínico de urgencias, de verdad… Como mínimo me has hecho reír.
  • ¿Tan mal estás Ernesto? Nunca habías hablado de ese modo.
  • El problema no fue el sexo. Vino después… Me levanté de la cama porque no tenía sueño y me puse a escribir algo ajeno a la novela romántica. Lo siento si eso te disgusta, pero ahora mismo no tengo cuerpo para relatos románticos. Era una historia sencilla, de un muchacho con problemas cuando…

Mientras escribía, a Ernesto le entró otra vez aquella jaqueca. Temió de que volviera aquel ataque, pero cuando palpó su corazón notó que estaba acelerado al máximo. Era una bomba de relojería, así que tuvo que relajarse antes de seguir escribiendo. Quiso explicárselo cuanto antes posible, no quería volver a emocionarse.

  • ¿Estás bien? ¿Quieres hablar de ello?- dijo Amaia con un tono preocupado sobreentendido por el emoticono de preocupación.-
  • … con problemas cuando presentó a una chica y de repente me dio un ataque. Era extraño, pero mientras escribía una jaqueca me dio y tuve convulsiones. Imaginaba que mi mujer y aquella chica se intercambiaban los cuerpos, teniendo una cara distinta o el cuerpo cambiado. Luego me quedé en mi silla durante a saber cuanto rato y desperté. Por suerte, no me ha dado nada más pero estoy algo asustado.- Caballo D5 a F6.-

Le costó bastante poder confesarle esto a su amiga. Sabía que era una tontería pero era similar a explicar un fenómeno paranormal. Habrá gente que te crea, gente que te dará la razón pero piense que está pirado y otros pensaran que todo eso es una estupidez. El chat indicaba que seguía escribiendo y por fin pudo leer su mensaje.

  • La verdad, es algo preocupante, pero creo que deberías hablar con tu mujer. Estás pasando por algo muy complicado, un trauma, y tal vez las medicinas te hayan jugado alguna mala pasada. Aunque si estuviste mucho rato delante del ordenador sin luz ninguna, puede que sea un ligero ataque epiléptico. Lo he mirado y la verdad, coincide el ataque con la luz de la pantalla y alguna medicina puede que te haga débil a la epilepsia. Aunque ya te digo, yo no soy doctora y no se que recomendarte. Pero te recomiendo hablar con Ana, ella te llevará al hospital.
  • No puedo ir al hospital. Dicen que estando allí mi estado no mejoraba por el estrés que allí se vive. Me tengo que quedar en casa sí o sí, podría ser peor allí.
  • Pero es un hospital, ¿sabrían que hacer, no?
  • Dicen que prefieren no arriesgarse…
  • Entonces no te queda más remedio que decírselo a Ana y que ella consulte con los médicos especialistas.
  • Supongo que será la mejor solución…
  • Pues sí. ¿Seguimos con la partida?- el peón D4 movió a D5, volviendo a dejar en jaque a Ernesto.-
  • Mejor lo dejamos en otro momento, tengo suficiente ajedrez por hoy.

Cayó la noche y Ernesto le preparó su cena favorita: una ensalada cesar de primero, un rissoto con bacon y champiñones cubierto de una buena cantidad de queso azul rayado por encima con mucha pimienta de segundo y pudding con la receta de su madre. Como tenían pan de sobras, decidió hacer un salmorejo con algo de queso curado y un vino, por si quería entrar con algo mejor. Solía llegar muy hambrienta por la noche y a pesar de que no es bueno comer tanto por la noche, pensó que no había mejor ocasión que abusar del amor a la gastronomía que hoy.

Ana llegó a la hora habitual y como siempre portaba una cara de agotamiento por un día duro de trabajo. No esperó para nada la cena y mucho menos la iluminación con velas perfumadas. Ella misma las compró para que en algún momento Ernesto las usara y por fin llegó el día.

  • Cariño, por favor, que cosa más bonita…- dijo con casi una lágrima a punto de saltar al vacío.- ¿Qué te ha pasado para hacer todo esto?
  • Bueno, ha sido un pequeño detalle… Ya sabes, de vez en cuando me gusta ponerme romántico.
  • Ui, que bien… Me gusta ese detalle de ponerse “romántico”. ¿También lo serás cuando subamos al dormitorio?- dijo enseñándole un hombro bajándose la chaqueta poco a poco. Ernesto le hizo gracia la situación y Ana comenzó a quitarse la chaqueta de una manera estúpida. Al final su marido rompió a reír junto a ella.-
  • No sé sí tendremos mambo esta noche, estoy bastante cansado… Y tengo hambre. ¡No puedo pensar en tantas cosas!- dijo mirándola desde abajo.-
  • ¡Sí, por favor! ¡Vamos a comer, me muero de hambre!

Ambos fueron a la mesa a engullir toda la comida que Ernesto había preparado. Tanto la ensalada como el risotto acabaron y del pudding voló más de la mitad. Mientras Ernesto preparaba el lavavajillas, su mujer guardó el queso y el salmorejo. Ambos estaban repletos y felices, pero Ernesto tenía que hablar.

  • De verdad cariño, que pedazo de cena… No había comido así desde hace tiempo.- dijo Ana con la mano en la barriga.-
  • Lo sé, yo también estoy…-bostezó- llenísimo.
  • ¿Esta noche no creo que hagamos nada, verdad?- dijo con cara de lástima.
  • La verdad cariño, a mi no me apetece demasiado… ¿Mañana tienes fiesta?- acarició el trasero de su mujer.-
  • Mañana es domingo… Bueno, ya sabes que voy a trabajar cuando me dicen, yo no puedo decidir el horario, pero sí tengo fiesta mañana todo el día, en teoría. ¿Te apetece algo de sexo mañanero?- dijo pasándole un dedo por el pecho.-
  • Es probable… Muy probable.- Ernesto le agarró del dedo y se lo besó con ternura.

Ambos fueron juntos a la cama después de pasar por el baño por separado. A sabiendas de que no podían lavarse juntos los dientes, así lo hicieron. Por algún extraño motivo, a Ana le daba la risa verse en aquella situación con Ernesto, sentado a su lado mientras se miraban en el espejo. Él siempre ponía alguna cara extraña mientras frotaba con el cepillo y le provocaba una situación cómica. Ella estallaba en carcajadas y por ende, Ernesto también reía. Ambos se lo contagiaban; podían estar juntos hablando mientras alguno de ellos estaba haciendo sus necesidad pero era poner la pasta dental en el cepillo y podía estar largo rato en el baño, llegando a llorar incluso.

Entraron en el mar de sabanas heladas, temblando del frio, desnudos. Enseguida que entraron se abrazaron juntos para transmitirse calor. Ernesto reposaba en el pecho desnudo de su mujer y ella le acariciaba la cabeza. Le gustaba que fuera así de cariñosa, sentía mucho placer cuando ella le removía el pelo. Pero entonces:

  • ¿Cariño, tienes algo que decirme?

El corazón de Ernesto le dio un vuelco por completo. Lo había pasado genial con ella y no quería estropear la situación. Debía tranquilizarse, en aquella postura ella podría percibir su latido y podría sospechar.

  • No… ¿Por qué?
  • No, por nada… Es que hacía tiempo que no me preparabas un detalle tan romántico y fue por… aquello.

Ernesto no recuerda nada de aquel momento. De aquello fue hace dos años, antes del accidente. Ambos comentaron que les gustaría tener una criatura si llevaban suficiente tiempo juntos y ella se acercaba a los treinta años, una edad más que apropiada para ser madre. Él acabo confesando que la idea de tener un niño le daba algo de miedo y que era mejor no tenerlos; Ernesto pensó que si seguía trabajando de escritor tendría que hacer promoción de sus libros y viajar, no podría estar en casa. Si Ana quisiera ser madre, tendría que abandonar su carrera para cuidar del recién nacido. Fue una discusión que duró prácticamente un día entero pero ambos llegaron a la conclusión que tendrían un infante cuando Ernesto quisiera. Para reconciliarse, le preparó una cena romántica como la de esta noche.

  • Es que la última vez discutimos muy fuerte y tengo miedo de que hayas hecho la cena para contarme algo malo… No se, era una suposición.- dijo Ana.-
  • No cariño, simplemente… me apetecía verte feliz.
  • ¿Aun seguimos con la idea de ser padres?
  • Por supuesto mi amor- mentía de nuevo. Seguía teniendo dudas.-
  • Mañana veremos que podemos hacer entonces…- le dio un beso en la frente.- Cariño, me estás aplastando el pecho. ¿Podemos separarnos?
  • Si claro, no tienes que preocuparte. Yo también estoy cansado.-le devolvió el beso.- Buenas noches mi amor.

Era extraño que preparando una cena parecida y teniendo la información, Ernesto no recordara nada. La amnesia le estaba fastidiando su matrimonio, tenia que pelear para volver a ser quien era antes. No podía permitir que su enfermedad le separase del amor de su vida.

La mañana del domingo fue fría pero el cielo estaba completamente despejado. La luz entraba de lleno en su habitación y Ana despertó antes que su marido. Le encantaba la visión de Ernesto durmiendo, decía que estaba especialmente bello mientras descansaba. Le acarició la cara, raspando su mano por la barba incipiente. Estaba locamente enamorada de él. Recordó la promesa que se hicieron la noche anterior; comprobó que Ernesto, como siempre, dormía en ropa interior. Se sumergió entre las sabanas y bajó hasta su entrepierna.

Ernesto despertó por una extraña sensación de opresión por la entrepierna. Se palpó con las manos y lo primero que tocó fue una cabeza que le daba placer oral. Había apartado su pene de la goma del calzón y este le hacia presión mientras ella estaba en faena. Él se dejó llevar, ya que le gustaba que lo despertaran así. Cerró los ojos y se dejó hacer… Pero las visiones volvieron. Su corazón de nuevo volvió a latir como el de un colibrí; tocó el cuerpo de su mujer pero parecía ser el de una joven. Se transformó en un cuerpo menudo y rechoncho, sin apenas pecho.

  • ¡Para! ¡Para! ¡No sigas!- la apartó de su miembro empujando su cabeza.
  • ¡Cariño!- dijo ofendida.- ¿Qué coño te pasa?

Salió de las sabanas con la cara colorada. Aquello significaba que se estaba enfadando, no entendía aquel comportamiento.

  • Lo siento mucho amor, pero… no me apetecía y me estaba resultando muy desagradable.
  • ¿¡Y me tienes que empujar de esa manera!? ¿Y decírmelo así? Joder, avisame antes de tener que darme un empujón.
  • Lo siento, de verdad cariño, que no era mi intención…
  • Si si, vale vale… Me voy abajo para hacerme el desayuno.

Obviamente, Ana estaba enfadada. Se puso una camisa de tirantes bajo la chaqueta y unas mallas para protegerse del frio. Ernesto no supo que le había pasado pero no podía decírselo de manera sencilla.

Ana preparó su desayuno, pero no el de Ernesto. Este supo coger la indirecta y sacó de la nevera el salmorejo con el queso de la noche anterior junto a una tostada. Desayunaron en silencio hasta que ella comenzó a hablar.

  • Cariño, estaba pensando en tu siguiente libro.
  • Aja, dime.- dijo mientras seguía comiendo su tostada.-
  • Se que te está costando tirar adelante con la novela, así que quiero ayudarte.
  • Interesante. ¿quieres hacer una lluvia de ideas a ver que podemos hacer?- dijo entusiasmado por la idea.-
  • Bueno… La verdad es que se me han ocurrido algunas ideas a lo largo de unos últimos meses y he hecho un guión muy básico. Ya te digo, son solo las ideas principales. Tu podrías escribirlo mucho mejor que yo, por eso he escrito poco.

Ernesto se ofendió por la situación.

  • ¿Y cuantas páginas se supone que tiene tu manuscrito?
  • Treinta. Esta dividido el inicio, el nudo y el desenlace pero de una manera muy sencilla. Lo he dejado en tu escritorio para que te lo leas. Si te gusta puedes cogerlo de base para la novela.
  • Lo siento Ana, pero no te lo puedo aceptar. ¿Treinta páginas de “ideas principales”? ¿En serio? ¡Eso es prácticamente escribirme la novela! Lo siento, pero tengo que rechazarte el manuscrito. Mi obra es mi obra, no tienes porque escribirla tú.

Ana arrugó los labios y respiró hondo. Dejó el café en la mesa muy enfadada.

  • Bueno, no tendría que escribirte nada si supieras de que hablar. Sí te has quedado sin ideas no es mi problema, yo solo quiero ayudar.
  • Pero es meterte dentro de mi obra. No sabes lo complicado que es que alguien trabaje para ti dentro de tu imaginación. A veces es de mucha ayuda una lluvia de ideas, pero a escribirme todo.
  • ¡¿NO ES TODO, VALE?! Lo único que quería hacer era ayudarte, pero bueno, pasate la vida para escribir tu puñetera novela de mierda. No puedo meterme en tu cabeza lo mismo que tú no me la puedes meter. Joder Ernesto, ni te puedo ayudar en el trabajo, ni podemos follar. ¿Qué coño te pasa?
  • Pues que estoy concentrado… en otras cosas. Te prometo que cuando lo tenga terminado te lo enseñaré para que lo leas del tirón pero ahora no te puedo decir que estoy escribiendo.
  • ¿Qué estás tramando, Ernesto?
  • Bueno, quiero dejar la literatura romántica a un lado y hacer algo… distinto.
  • ¡¿Y la gente que espera tu próxima novela?! ¿Vas a defraudar a tu público?
  • No es defraudarles… No me siento preparado para escribir algo romántico como lo hice con “Amor en tiempos de guerra”.
  • No tienes ideas románticas… Veo que te tomas la escritura tan en serio que la llevas a tu vida personal. Muy bien, si eso es lo que quieres, puedes ponerte a trabajar ahora mismo. Más te vale que no te vea en todo el día excepto para cenar. Pero sin que esté yo en la cocina. Escuchame, si quieres escribir hazlo, pero que sepas que no vas a tener mi ayuda.

Ana se fue enfadada de la cocina. Ernesto se quedó sentado mirando como huía después de desahogarse con él. Se quedó parado, intentando mantener la furia dentro de sí. Era lo que quería así que se puso a trabajar enseguida. Se preparó un té, subió las escaleras y se dispuso a trabajar delante de la pantalla todo el día, olvidando la discusión.

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