“Amor Líquido” – Preview – Primer capítulo

Ernesto era incapaz de trabajar en su nueva novela. El cursor de un lado a otro, moviéndose sin rumbo alguno, como si fuera a salir de la pantalla para traer las ideas necesarias que le hicieran falta. Se acariciaba la cara con sus rudas manos, rascándose allá donde le salía la barba, con un sonido similar a un estropajo rascando la suciedad. Buscaba algo nuevo pero era incapaz de encontrarlo.

Su anterior novela fue un éxito, vendiendo numerosos ejemplares entre conocidos y llegando a ser reconocido a nivel nacional. Un recorte del periódico indicaba que había ganado el premio a “Mejor novela romántica del año”. Aquel fue un momento importante en su vida, un hito para todo aquel que ve forjar su obra poco a poco y como los demás le correspondían con una critica perfecta. Aquel artículo descansaba sobre el escritorio, junto a su ordenador, recordando que podía sorprender a su publico de nuevo.

Un aviso emergió en la esquina de la pantalla. Amaia había movido ficha.

  • Vamos a ver… Caballo de E5 a F7… ¡Jaque! Mierda, tengo que hacer algo. – Ernesto quedó mirando un momento frente al ordenador, pensativo ante la jugada y como evitarla en un futuro.- No me queda otro remedio. Rey E8 a F7.

Decidido, dio su consentimiento ante la jugada. Comenzaron la partida hace un par de días por un juego de ajedrez online. Había comenzado con un movimiento agresivo hacía su caballo y a pesar de que las próximas jugadas, él emprendió la iniciativa, su amiga Amaia, le había adelantado con un jaque traicionero que no vio venir. Amaia fue una amistad que se ha labrado durante meses después de muchas victorias y derrotas, fue quien le enseñó a jugar y ahora competían uno contra el otro siempre que podían. Muchas veces perdían la conexión, ya que esta es bastante nefasta por vivir en medio de una basta pradera. La meseta es lo único que decora las ventanas de su casa y a pesar de que le guste el campo, estaba cansado de tener que quedarse siempre en casa.

Escondió la ventana que le mostraba su fracaso como escritor y decidió hablar con su amiga.

  • ¿Como estás?

  • Algo cansada… Ya sabes, muchas horas delante de la pantalla

  • Una pantalla llena de números y estadísticas… Debería dejar el genero romántico y dedicarme a escribir tu biografía: Amaia y la terrorífica base de datos maligna

  • ¡Jajajaja! Qué cosas tienes…

Ernesto sonrió frente a la pantalla como un tonto. Le dio un sorbo a su café frio, caliente en el pasado pero abandonó su temperatura casi de inmediato por el gélido ambiente.

  • ¿Cómo llevas tu novela? ¿Has escrito algo más?

  • Para escribir algo más debería de comenzar escribiendo algo… ¡Ni una sola puñetera idea tengo! A veces me planteo si soy capaz de poder llevar este proyecto adelante…

  • ¡Claro que puedes! Yo y muchos más confiamos en que puedas escribir algo maravilloso. Seguro que nos sorprendes y nos vuelves a enamorar. Como fan tuya me veo forzada a darte esta presión…

  • Pero es que todas las ideas que se me vienen a la cabeza son… Demasiado pastelosas. He releído “Amor en tiempos de crisis” y no me parece mala, pero tampoco buena. No soy capaz de volver a hacer lo mismo.

  • Tal vez necesitas algo de inspiración… ¡Deberías ir a algún sitio romántico con tu mujer! Por lo que me dijiste, “Amor en tiempos de guerra” nació de un viaje romántico con Ana. Necesitas hacer algunas locuras así para que las musas te visiten.

  • Ya… Pero no consigo recordar nada de aquello…

  • Si, lo sé… Todos tus fans lo sabemos. Pero somos personas pacientes, como Miguel Ángel, que esperó a Teresa a que volviera de la guerra. Solo debes de sacar lo mejor de ti. Puedes recorrer este camino tú sólo… -Ernesto quedó pensativo ante el ordenador sin saber que decir. De nuevo, el mensaje que indica que Amaia le escribía algo más apareció hasta que le llegó el mensaje.- Te tengo que dejar, ya he tenido suficiente ordenador por hoy. ¡Hasta la próxima!

La conversación terminó sin saber que decir. Apagó el ordenador y se quedó a oscuras en el estudio. A Ernesto le gustaba quedarse a oscuras muchas veces; camuflarse entre las sombras era algo que le gustaba hacer de niño… O eso le habían contado. No recuerda nada desde aquel fatal accidente. El trágico día en que no supo llevar la fama de una forma saludable y un infarto casi acaba con su vida. Quedó en coma durante unas semanas, sin saber si podría llegar a salir de aquel profundo sueño algún día. Acabó despertando en casa, estando estable por fin bajo los cuidados de su mujer Ana. Ella es la psiquiatra del hospital New Hope; por recomendación personal del medico, hasta el estrés de un hospital suponía un peligro para su salud, así que decidieron trasladarlo a su hogar donde estaría más tranquilo.

Al ver a Ana, no supo reconocerla. Supo que era alguien importante porque al abrir los ojos los suyos se llenaron de lágrimas. Fue algo repentino y extraño, pero supo salir de las tinieblas con sus propios medios. Tal vez su consciencia se puso los zapatos y consiguió salir del pozo. Pero ahora era incapaz de hacerlo por si mismo. Cansado de camuflarse entre tinieblas, dirigió su silla de ruedas a la salida.

El estudio se situaba en la planta superior, igual que un baño y el dormitorio. Una silla salvaescaleras le esperaba paciente a que llegara. Situado cerca, de un salto brincó como pudo de una silla a la otra y tardó exactamente un minuto y siete segundos en bajar. Muchos ideas corrían por su mente para evadirse de las limitaciones de su cuerpo , pero en aquel minuto y siete segundo no podía evadir la certeza de que jamás volvería a sentir el frio tacto del suelo en los pies. De otro salto, reposó en la silla de ruedas de la planta baja.

Hubiese matado por un misero cigarrillo. Obviamente, por prescripción médica tuvo que abandonar el tabaco, pero aquello no significara que quisiera volver a tener una relación esporádica con su nefasto pero exquisito sabor. Fue al porche de su casa y desde allí contempló el atardecer. Habían pasado horas desde que subió al despacho para seguir escribiendo, horas que pasaron en balde. En una mesa de madera decorada con una bugambilia de plástico Ana le dejó un vapper con una nota: “Se que aun tienes mono de ese asqueroso vicio así que te he dejado este regalo para que comiences a cambiar de hábitos. Te quiere, tu cuchufletita amorosa”.

  • Gracias, supongo…-Lo miró extrañado. Dio un par de tiros, inundándole de un sabor dulzón a natillas de chocolate en la garganta. No era desagradable, pero esa era la característica que quería como sabor. Cambiaría el cacharro con todos sus sabores y complementos por una calada a un buen Rage Apache.

Tenía que dedicar su vida a organizar la casa como pudiese y a escribir. Una de ellas era capaz de cumplir, pero Ana siempre tenía que repasar su trabajo porque él no era capaz de hacerlo como ella quería. Como escritor romántico era pésimo pero otras musas le visitaban y hacían compañía. No hay nada más inspirador que el atardecer en el magnífico cielo despejado que proporciona el campo campo, lejos de cualquier persona, respirando el ambiente que muchos antiguos también respiraron.

Cada día que pasaba estaba más convencido que las musas romántica se estaba extinguiendo con él pero tampoco sabía en que dirección querían guiarle. Tal vez no sabía donde tenía que ir, pero tiene la necesidad de escribir lo que piensa. Puede que la trama no esté demasiado pensada, pero las ideas le estaban viniendo solas. Rodó hasta el comedor, agarró un bolígrafo y papel y se dispuso a escribir el guión de su próximo libro con el atardecer de fondo.

Las horas de nuevo pasaron sin el advertimiento de Ernesto, volviendo a refugiarse entre las penumbras. Tenía la vista cansada de escribir con la tenue luz que venía del comedor, pero no podía parar. La luna llena le saludaba en lo alto del firmamento y el frío le abrazó con sumo respeto y cuidado. Estaba helado, fue una idiotez salir a la intemperie sin abrigo ninguno.

Se refugió en la cocina y miró el reloj. En breves su mujer saldría del trabajo pero le esperarían dos horas de camino para llegar a la casa. Ana seguía trabajando en el hospital como psiquiatra; la entrada se pagó con el dinero que ganó Ernesto con su novela: una casa completa de madera, estilo americano pero lleno de detalles personales y únicos en cada rincón. La cocina blanca como la cal, con una gran encimera de mármol con un papel pintado floreado. No había nada que le gustara más a Ernesto que su cocina, laboratorio donde ocurre la magia de los sabores.

La tortilla de patatas con cebolla, ajo y brócoli se estaba terminando de dorar cuando el sonido de unas ruedas se aproximaban. Cada vez más cerca, más cerca, más cerca… El motor rugía como un demonio, un todoterreno enorme para poder llevar a Ernesto a todos sitios. Aquella fue la excusa, ya que en realidad jamás salía de casa. Cuando Ana iba y venía de trabajar, comprar o ver a sus amistades, Ernesto sentía una gran envidia por dentro. Su salud estaba en riesgo, una situación de estrés le podría provocar otro ataque, pero tanto reposo le estaba matando.

Desde la ventana unicamente había oscuridad, pero sabía que allá afuera se encontraba la libertad. Una libertad que no podría saborear.

  • ¡Buenas noches cariño! ¿Cómo estás?- dijo Ana con entusiasmo.-

  • ¡Maravillosamente amor mio!- mentía-

Ana dejó su bolso de marca sobre un sofá tapizado de cuero. Cansada se dejó caer encima de este y suspiró al aire. Ernesto se acercó a ella, llevándole un poco de queso curado y una copa de vino. Ambos les gustaba picar algo antes del plato principal, incluso Ernesto se podía permitir algo de vino de tanto en tanto. Ana le esperaba tirada en el sofá; con el indice le indicaba sensualmente que viniera. Ernesto sonrió, e inclinándose un poco saltó a las piernas de su mujer. Los dos estallaron en risas con la escena de un hombre fornido venido a menos sobre las piernas de su delgada y delicada mujer. Hizo como que quisiera levantarlo, pero estaba claro que era imposible. Volvieron a reír.

Ana era una mujer que en su momento muchas firmas de ropa de alta gamma se fijaron en su belleza. No era exuberante, tampoco era explosiva… Pero era sensualidad en estado puro. Advirtió de un olor fuerte y corrió a la cocina para apartar la tortilla del fuego. Se quemó una parte de esta, pero pudieron solucionarlo enseguida. Prepararon la mesa en un momento, pues ambos apenas habían comido nada en todo el día.

  • ¿Qué tal tu día mi amor? ¿Ha escrito algo el próximo nobel de literatura?- dijo sosteniendo una copa de vino en las manos.-

  • Bueno, no demasiado…- masticó y tragó su comida, pensando qué decir.- La verdad, no he sido capaz de hacer nada.

  • ¿Te falta inspiración, verdad? Lo siento mucho cariño… ¡Yo podría ayudarte!

  • Oh no… no hace falta, de verdad. Prefiero que me venga la idea porque se que cuando aparezca, no voy a tener tiempo ni siquiera para hacerte la cena.- le acarició la mejilla con la palma de la mano. Estaba ardiendo.- ¿Y tú, qué tal en el trabajo? Cuéntame.

  • Ah bueno, nada del otro mundo… Beatriz ha llegado trece minutos tarde porque dice que se ha dormido, pero es una mentira como una casa de grande. Tenía la misma ropa que ayer, el pelo sucio y ojeras. ¡Se ha dormido porque la muy guarra se ha acostado con algún desconocido, seguramente!

Rieron bastante. A Ernesto se le escapó un trozo de tortilla de la boca por la impresión de la frase, tan directa Ana se tapaba la boca con la mano, con la cara colorada como el vino.

  • Y no sé que más que contarte… Mi jefe hoy me ha encargado el caso de una muchacha con anorexia. Es bastante joven, tiene catorce años, y los problemas ya le vienen de un tiempo. No es por culpa de los compañeros del colegio, si no que el caso es más bien familiar… ¿Te sigo contando?

  • Por favor cariño… Nunca pares.

Ana seguía hablando de su trabajo mientras Ernesto retiraba la mesa y disponía la vajilla sucia en el lavavajillas. A pesar de la envidia, le encantaba ver como su mujer le contaba historias del exterior. La calidad de Internet era tan sumamente mala que no podía conectar apenas a nada si no era al ajedrez online, y muchos de los jugadores no quieren conversación. Ana le compra los libros que le interesan y le trae películas de estreno siempre que puede, pero no era suficiente. Ernesto volvió a ver libertad en la oscuridad de la ventana.

  • ¿Cariño, puedes darte la vuelta un momento?

  • Si claro. Perdona, me había evadido por un momen…

Ana se había desnudado por completo. Su cuerpo era menudo y delicado, con un pecho firme y precioso y un sexo ligeramente peludo. Se cubría los senos con sensualidad, como si le diera vergüenza que le vieran desnuda. Aquello excitaba a Ernesto, sin lugar a dudas, pero no era lo esperado.

  • He bebido de más esta noche y Beatriz me ha dado envidia… ¿Quieres unos cariñitos?

Le besaba el cuello y jugaba con su lengua arriba y abajo. Sus dedos finos se colaron por debajo de la camisa, acariciando su cuerpo recubierto de vello. Las manos pasaron por su pecho, tocaban su esternón con aquella sensación fría que le estremecío por dentro. Un mordisco en el lóbulo de la oreja, una mirada intensa de aquellos ojos oscuros, una lengua que recorría su paladar. La otra mano recorrió sus muslos sin que él se diera cuenta pero si supo a donde quería dirigirse. Por encima del pantalón, una erección se mostraba atenta ante Ana.

  • Veo que a ti también te apetece… Sin necesidad de pastillitas azules. Habrá que aprovecharlo.

Lo llevó corriendo a las escaleras y mientras el salvaescaleras escalaba hacía arriba, ella fue al baño a por las medicinas de Ernesto. Cuando llegó arriba, todo tiempo medido por la experiencia, le dio el agua y tomó sus correspondientes medicamentos.

  • Cariño, no se si…-Ana le puso su pecho en la boca y se subió encima de él. Su pene estaba por debajo del calzón pero el roce con su vagina, fuerte y constante, aumentaba su excitación.-

  • No te preocupes amor, yo me pondré encima…

Ana cogió a Ernesto como pudo y lo tiro en la cama con fuerza. Cayó de mala manera mientras ella se lubricaba su zona íntima. No quiso preliminares, quería algo salvaje y desmedido.

Ernesto seguía tumbado mientras ella rebotaba encima. Su cabeza daba vueltas, su pelo oscuro y liso volaba en todas direcciones y sus ojos se tornaban blancos. Ana disfrutaba en gran medida con el miembro de Ernesto, pero él hacía un tiempo que no sentía nada. Muchas veces durante el sexo él se perdía dentro de sus ideas, olvidando de disfrutar la lujuria que le daba aquella leona. Ernesto seguía buscando conexiones para su nueva historia. Un guantazo le llovió del cielo; Ana llegó a aquel estado en que la violencia física se vuelve puro morbo… siempre que estés en ese punto. Ernesto volvió a la realidad y supo lo que necesitaba: la agarró de las caderas y olvidando con quien estaba, se concentro en eyacular.

Ana dormía recostada en el pecho de Ernesto, tierno y peludo. Ambos llegaron al orgasmo, pero a tiempos distintos: ella terminó antes que él, después de bajarse le masturbó con fuerza rozando con su vagina y cuando fue a terminar, introdujo su miembro de nuevo. A pesar de la descompensación en sus orgasmos, estaban buscando tener una criatura en común. Soñaban con tener una niña tan bella como Ana, llamarla Claudia y que Ernesto cuidara de ella mientras se dedicaba a escribir novelas románticas en sus tiempos libres y ella se dedicaba plenamente a trabajar de psicóloga.

Había imaginado todas aquellas cosas sin contar de pleno con la opinión de Ernesto. Él quería a su mujer y la idea de tener una hija no le disgustaba en absoluto… pero tal vez no dentro de los planes exactos que ella buscaba. Pero aquello era algo que solucionaría con tiempo, no quería disgustarla por ahora.

Su orgasmo no fue nada del otro mundo. Era bastante tarde, aun así, Ernesto no tenía nada de sueño. Aun tenía las ideas para escribir dentro de su cabeza y tenía la necesidad de ponerse a ello. Se separó poco a poco, dejando su mano sobre la cama y alejándose sin despertarla. Ella no le gustaba dormir sola, era algo que no podía soportar de ningún modo. Echó un vistazo antes de cerrar la puerta para asegurarse que seguía dormida. Delante de la pantalla del ordenador, procuraba visualizar las escenas dentro de su mente. Con todo organizado, comenzó a escribir.

David volvió a escapar de casa a la madrugada. La relación con su familia cada vez estaba más rota; su padre engañaba a su madre con cualquier prostituta la cual no le buscaba por deberle dinero, su madre se emborrachaba hasta caer seca todos los días sobre la cama con tal de no pasarse las horas llorando. Su hermano sufría lo mismo que él, sin vigilancia ninguna acabaron por criarse bajo el manto de las calles del barrió más pobre de Cazalla de la Meseta.

Él no quería esa vida. Sabía que de algún modo tenía que salir de todo aquello pero eran meras ensoñaciones de niños. Se encontró con su hermano mayor, Alejandro, justo en el mismo lugar: el parque frente a los edificios abandonados.

  • ¿Qué haces aquí, David? Deberías de estar en la cama. Mañana tienes clase.

  • No tengo sueño. Es imposible dormir con papá y mamá discutiendo como animales. Lo peor viene después… Si dentro de nueve meses tenemos otro hermano, sabremos que día fue concebido.

  • ¿Tú de casualidad no seras un enterado, no? Puto niño, que boca tiene.

Alejandro era bueno con él, pero no tenía filtro: directamente era bueno con todos. Estaba bastante fornido y ágil, tenía que defender su territorio para la venta de marihuana. David no quería participar en ello, así que solamente se quedaba junto a su hermano. Aquel no era lugar para un joven de catorce años, pero mucho peor era su hogar. Aun así, se entretenía escuchando las historias que los clientes de su hermano le contaban. Había historias arriesgadas, otras sexuales, pero las mejores eran las reales. Siempre había alguno que le pasaba algo extraordinario pero creíble, o algo sumamente extraño y absurdo para que todos se rieran. David nunca olvidaba aquellas historias, eran su pequeño tesoro, sobretodo cualquier momento con Alex.

  • ¿Tío, no crees que nos merecemos algo mejor?- dijo Alex cogiendo un poco de arena viendo como caía.-

  • ¿Te refieres a una cerveza entre los dos? Yo no tengo nada suelto…- dijo David caminando sobre un bordillo, manteniendo el equilibrio.-

  • No, no me refiero a eso. Algo mejor para los dos, una vida mejor. Ya sabes… lejos de papá y mamá.

  • Bueno, siempre tengo en mente que tu y yo estaríamos mejor sin ellos… Podríamos hacer lo que quisiéramos y nuestro dinero lo gastaríamos nosotros. Estoy harto que cualquier billete que ganemos trabajando en mierdas se lo lleven ellos porque “mejor administrarlo nosotros, que tú y tu hermano no sabéis”.- dijo con voz burlona

  • ¡Ya ves! ¡Seriamos dueños de nuestras cosas! Casa, comida, cama… No necesitamos más. Tú trabajarías en algún colegio dando clase a los niños y yo me buscaría la vida en el campo, cosechando o con los animales. ¡No nos faltaría de nada!- Alex estaba entusiasmado con la idea.-

  • Bueno, primero tendría que estudiar algo… Que a profesor no llega cualquiera.

  • Pero ambos sabemos que tú eres el listo de los dos. Aquí quien tiene futuro eres tú, yo solo soy un currante más. Lo tengo asimilado, sé lo que es y lo asumo. No me molesta.

  • Estoy seguro que si estudiaras más podrías tener algún titulo. No hace falta trabajar en el campo, simplemente dedicate a algo que se te de bien y llegado el momento podrás vivir de ello.

  • Demasiada fantasía, David. Las cosas no funcionan así… Por desgracia. Soy muy zopenco, ya esta, es lo que hay. ¿Qué hora es?- Alex miró el reloj de su muñeca.- Es muy tarde. Vete a la cama, que mañana tienes clase.-

  • Bueno, como tu digas…

David se acercó a su hermano mayor y le abrazó sin que este lo esperara. Se llevaban unos seis años, pero entre ellos había mucha comunicación. Siempre se lo contaban todo, no había secretos entre hermanos. Se querían y sabían de sobras que si querían sobrevivir, tenían que estar unidos.

El despertador sonó pero David lo ignoró por completo. Sus padres se desentendían si su hijo asistía a las clases; por su parte, David hacía el empeño de asistir todo lo que pudiera para que no llegaran los avisos. Despertó dos horas más tarde y sin prisa fue al instituto. A pesar de ser todavía menor y aun no salirse siquiera la pelusa del bigote, estaba pendiente de los bares por si buscaban camareros. Tenía que ganarse la vida como pudiese para tener que huir de su hogar. No podía contar con su hermano, él estaba, hasta cierto punto, cómodo dentro de ese mundo pero a pesar de no saber lo que quería, una cosa tenía clara: tenía que huir.

Las horas claves para colarse eran en los cambios de clase. Además del instituto, el recinto impartía cursos de formación profesional y podía colarse entre los más grandes para entrar. Una vez que estabas dentro era muy fácil poder filtrarse dentro de la clase mientras todos estaban revueltos para entrar en el aula correspondiente.

Su plan era perfecto, pero el director del colegio era más listo que él. Espero cerca del aula sin que David supiera donde estaba y cuando se dispuso a entrar, apareció a su espalda.

  • Señor David Castro. Le estaba esperando.- le dijo con tono firme y autoritario.-

  • B… Buenas- tenía miedo pero le mantenía la mirada todo lo que podía.-

  • Es el séptimo día que llega tarde. ¿Acaso tiene algún problema con los autobuses?

David soltó una carcajada. El recorrido en autobús eran diez minutos desde casa al instituto, pero andando era unos cuarenta minutos, a veces más.

  • ¿Le ha hecho gracia acaso el comentario?

  • No… ¡No! ¿No? No.

  • Hmm…- el director se puso correctamente sus gafas de media luna. David sabía como era la cara del director enfadado: rojiza, con las venas de la frente inflamadas como si fueran cuernos. Pero aquella cara era mucho más confiada y segura. Estaba contento.- Acompáñeme a mi despacho.

El instituto entero le estaba observando. Era un chico problemático; no era el que hiciera las mayores trastadas, ni siquiera pegaba a nadie ni abusaba de ningún compañero, pero si era conocido por desaparecer y escapar del instituto. A veces pensaba que debería de trabajar como espía, pero incluso para eso necesitaba el titulo de la secundaria. Podría ser expulsado por las faltas cometidas.

El despacho olía a añejo, sus muebles estaban algo desgastados pero algo era innegable: todo estaba recto y en su orden. Todo debía tener lineas verticales o juegos visuales para que todo tuviera una vertical, incluso el traje del director tenía rayas verticales. A David le mareaba muchas veces entrar en ese despacho y a pesar de sus consejos, el director nunca cambio el mobiliario. Seguramente lo hacía a consciencia hecha.

  • Señorito Castro, tenemos los registros de las clases a las que ha faltado. No vamos a decir la cantidad exacta, pero casi dos tercios. Tengo que admitir que ha roto el antiguo récord.

  • Y por que no me he puesto en serio… Podría llegar a superarme.

Ninguna respuesta, nada más que el silencio. Resulto incomodo a David. El director no pestañeo, miró directo a los ojos sin expresión ninguna.

  • Usted no es el único que tiene problemas dentro de este centro, con… problemas parecidos.

  • Preferiría que fuera así…- agacho la cabeza avergonzado.-

  • No se preocupe. Todos hemos tenido problemas a lo largo de nuestra vida y muchas veces tenemos que confiar en alguien para poder superarlos. Ese es el objetivo de nuestro nuevo programa experimental.

  • ¿Experimental? ¿Me van a introducir algo en la sangre o me vais a poner un chip o algo extraño? Vi una vez en un documental que los abducidos por los aliens le ponían una sonda por…

  • No se haga el gracioso conmigo.- se puso en pie y David se asusto de verdad. Pensaba que le había llegado el momento de la expulsión.- Usted tiene unos problemas que otras personas también sufren. Creemos que crear comunidad entre personas distintas pero con problemas similares les puede resultar beneficioso.

  • ¿Cómo dice?

El director salió de su despacho y volvió al poco de un minuto.

  • Le presento a su compañera hasta nueva orden. Le presento a María, aunque creo que ya se conocen de antes de verse por los pasillos.

María entró con varios libros delante de sí. Tapaba su cuerpo con una gruesa carpeta, su pelo también ocultaba una cara cubierta por la grasa y el acné juvenil. Su ropa era de colores pero saturados y oscuros, favoreciendo muy poco su cuerpo. Se sentó a su lado sin decir palabra, ni siquiera levantó la mirada del suelo.

  • Esta es María. Es de un curso menos que tú, pero bastante avanzada en los estudios y muy responsable. Creo que la compañía de esta señorita sería muy adecuada. Ana, saluda a tu compañero.

  • ¿Perdona, cómo ha dicho que se llama?

  • Ana.

  • ¿Cómo?- Ernesto comenzaba a tener dolor de cabeza.

  • María. Ana. María. Ana. Ana. Ana. Ana Ana. Ana. Ana. Ana. Ana. Ana. Ana.

Ernesto comenzó a sufrir un enorme dolor de cabeza. Se había separado del ordenador pero su angustia iba en aumento. En su mente aquella niña llamada María tenía la cara de Ana, su mujer. En pequeños flashes, sus caras y cuerpos se intercambiaban. Sentía excitación y pavor en una mezcla escalofriante. Aquellas figuras se contoneaban subidas a su miembro. Ernesto cayó al suelo, convulsionando ante estas visiones.

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